martes, 12 de diciembre de 2017

La nieta de la nieta.

"Esta noche ni tú ni yo estaremos solas,
te lo prometo, me lo prometes, estaremos juntas."
Cristina Peri Rossi


Los gritos de mi abuela me hacen saltar de la silla. No puede moverse prácticamente (está postrada en una cama) y me pide ayuda para ir al baño. Lleva diez días en el hospital. Bueno, llevamos diez días en el hospital. Cuando me avisó mi tía que la internaban en cuidados intensivos por una neumonía, una infección generalizada en todo el cuerpo que la tenía al borde de la muerte, decidí (llena de angustia y pánico de no llegar a tiempo) tomarme ipso facto el avión desde las Islas Canarias (donde vivo desde hace quince años) hasta Uruguay (donde viví hasta mis quince años), y acá estoy esta noche, de guardia al lado de su cama, mientras lucha aún contra una bacteria para seguir viva.

Cuando me pide que la ayude a levantarse para ir al baño le explico que no puedo, que no puede. Me dice que le importa tres pepinos, que va a ir al baño igual con o sin mi ayuda. El cuerpo no le responde y yo, que siempre fui su nena mimada (su “reinita”), debo ejercer de “adulta” (?) y hacerle entender que tiene puesta una sonda y pañales, que debe hacer sus necesidades en la cama, que no puede moverse y no puedo ayudarla a hacerlo. De esta manera me veo obligada a negarle algo a esa mujer que se levantaba a la una de la mañana a cocinar papas fritas a pedido de sus nietas y nunca se quejó lo más mínimo de que le pusiéramos la casa patas pa'rriba cuando íbamos a visitarla. Le niego mi ayuda y, con toda la razón del mundo, se enoja conmigo. Empieza a destaparse con intenciones de moverse, a lanzar patadas al aire, a gritarme. No sé qué hacer y llamo al enfermero de guardia de esta noche, un treintañero con aires de sabelotodo. La intenta convencer de que se quede quieta, la trata como a una niña pequeña, la trata de loca y me dice que no me preocupe que si sigue así la ata. Ella se pone más nerviosa aún. Mala idea la de llamar al enfermero, resultó ser otro carnicero de la territorialidad corporal de esos que convierten a las viejitas en sacos de huesos carentes de deseos, de voz y voluntad. La racionalización y sistematización de las actividades de cuidados borran del mapa las emociones. Es horrible. Sumergida en el engranaje del sistema, esta gente olvida que trata con un ser humano lleno de sentimientos y sueños, con seres atravesados por complejas historias de vida. En este caso mi abuela, que -entre otras muchas cosas- es una nieta de migrantes con una nieta migrante; resulta que de ello hemos estado hablando estos días.

Le digo al enfermero que se vaya que yo me encargo. El tipo se va y ella se calma. Me dice que el enfermero es un imbécil y le doy la razón. “No dejes que me judeen”, me pide, o me ordena más bien. Le digo que no se preocupe, que no lo voy a permitir, y se duerme. Vuelvo a mi silla.

Mi abuela es una señora con mucho carácter, una mujer fuerte, decidida. Sin embargo, si tuviera que definirla con una única palabra ésta sería “curiosa”. Su curiosidad la ha guiado en la vida. Por curiosidad, y a falta de escuela, aprendió a leer de manera autodidacta y devora todo lo que cae en sus manos, desde revistas de chismes hasta periódicos u obras de Shakespeare. La curiosidad la llevó a aprender a usar ordenador, a googlear, a enviar emails, a hacerse una cuenta de Facebook y a enviarnos whatsapps. Fue la curiosidad también la que le llevó a conocer su propia historia: de lxs siete hermanxs que conforman su familia ella fue la única que preguntó a su madre por sus orígenes. Así se enteró de que sus abuelxs eran migrantes canarixs. Su abuela Juana viajó en barco a Uruguay desde la isla canaria de La Gomera y su abuelo Ismael desde el sur de Tenerife. Se conocieron en Montevideo y allí se casaron. Mi abuela guarda en su memoria -legado de estos orígenes isleños- varias palabras de jerga canaria, el recuerdo de comer papas arrugadas y la estampa de su abuela Juana sentada en una silla pelando verdura tranquilita, “con una paz asombrosa”- relata. No me extraña dicha imagen, pues cualquiera que conozca las llamadas “Islas Afortunadas” sabe de sobra que la tranquilidad es la pieza fundamental de la idiosincrasia nacional canaria. De los dieciséis hijos e hijas que tuvo doña Juana sobrevivieron once. Una de ellas fue Inocencia (bautizada así por nacer un 28 de diciembre), de la cual nació mi abuela Fanny (bautizada así por Inocencia, que tomó el nombre de la protagonista de una novela cuyo nombre y autoría desconozco, ¿quizás Mansfield Park de Jane Austen? ¡Me quedaré por siempre con la duda!). De la bisabuela “Ino” -así la llamábamos- tengo vagos recuerdos porque murió siendo yo muy pequeña. Si cierro los ojos vislumbro a una viejita adorable y dulce, de cabellos totalmente canos, que usaba un delantal a cuadros de color naranja y blanco con un gran bolsillo en el que guardaba caramelos. Recuerdo también que a mí y a mi hermana nos llamaba “chuditas” de forma cariñosa, una palabra que en español viene a significar algo así como “coñitos”. Mi abuela, por otro lado, teje el perfil de mi bisabuela Inocencia con tres gustos heredados por ella y a través de ella por mí: la música, el teatro y el fútbol. Hizo que todxs sus hijxs fueran -siempre que pudiera pagarlo- al teatro y al estadio. Al estadio a ver a Nacional, debo dejar constancia. Justamente por el resultado del último partido de Nacional fue que mi abuela preguntó nada más despertar en el hospital, hace dos días, cuando aún estaba en cuidados intensivos: “¿Cómo salió Nacional?”, dijo con apenas un hilo de voz. Luego le siguieron otras cuestiones más normativas para una abuela como los motivos de mi viaje, mi actual situación sentimental, sus ganas de bisnietxs y su deseo de tomarse un vasito de vino. Había cumplido los setenta y nueve años estando inconsciente y quería festejarlos aunque fuera con retraso... “¡Vieja bandida!” le dije cuando pidió vino al médico, y me lanzó una mueca de risa que para su estado fue una carcajada.

Sus ganas de fútbol, de conversación y de vino nos dieron esperanza, ¡pero qué poco nos duró! Aunque salió de los cuidados intensivos sigue muy mal. Por momentos vemos la luz, por momentos vuelve la oscuridad. Estas idas y venidas son complicadas para ella y para quienes estamos a su lado (mi tía, mi prima y yo). Y también para quienes lo viven a distancia, como mi padre (su hijo) o mi hermana (su tercera nieta), quienes siguen las novedades por whatsapp (imagino que) con el corazón en la boca, con los nervios como una cuerda tensada. Estar lejos no es nada fácil y menos en estas circunstancias.

Duerme y respira muy profundo aunque no llega a roncar. Me gusta que respire profundo, así la oigo. A veces me da miedo cuando duerme, miedo de que no despierte. Está tan delgada que en ocasiones, en la penumbra de esta sala de hospital, veo a un cadáver y no a mi abuela. Cuando abre los ojos me sacude el alma. Esos ojos castaños y profundos que ayer me miraron fijamente mientras de su boca salían las palabras “Magda, volvé a casa cuando quieras, con chico o con chica me da igual, te quiero, no permitas que te miren torcido por ser quien sos”. Y pensar que tuve miedo de salir del armario con ella, ¡qué estúpida fui! No quiero olvidar nunca esos ojos.

No sé cómo verá ella mis ojos, pero mis labios no cesan de decirle “te quiero”. ¡Nos debemos tantos te quieros! ¡Tantos abrazos! ¡Nos debemos tanto! Sé que nuestra partida la partió en mil pedazos. Nos fuimos a Tenerife (casualidades de ascendencia familiar aparte) en el 2001 cuando empezaba la crisis en Uruguay y mis viejxs se vieron venir lo que luego pasó en el 2002: hecatombe económica, deudas, caras tristes, paro, negocios cerrados, suicidios. Nadie nace emigrante, nos obligan a serlo, nos cuelgan la etiqueta al cuello. En mi caso mis viejxs y el capitalismo (más el capitalismo que mis viejxs). Lo cierto es que, desesperada por quedarme en Uruguay, pedí a mis padres que me dejaran con mi abuela, que no me obligaran a irme. Pero no me hicieron caso. Yo tenía claro que quería quedarme donde mi madre me parió, donde había aprendido a hablar y a jugar a la rayuela, donde soñaba con llegar a vieja junto a mis amigas del barrio y sentarnos a ver a nuestras nietas jugar juntas; pero nadie entendía los deseos de mi yo-adolescente. El país se iba a la mierda y no me consideraban capaz de elegir tan temprano mi futuro, así que me convirtieron en migrante. Jamás olvidaré aquel fatídico día. Me subía por primera vez en mi vida a un avión y no era para irme de vacaciones, era para ver cómo mi país se hacía cada vez más chiquito en las alturas mientras yo lloraba pensando que nunca más iba a volver a pisar esta tierra. Miraba a través de la pequeña ventana del avión e imaginaba que mis pies se estiraban mágica y elásticamente hasta alcanzar el suelo para quedarme pegada a él para siempre. En verdad, de alguna manera sí que me quedé pegada a él: escuchando su música, leyendo sus periódicos diariamente, oyendo sus emisoras de radio, hablando continuamente con mis amigas del barrio y del liceo... Viví muchos años con el cuerpo en Canarias y la mente en Uruguay. Al igual que mi abuela yo también quedé rota, partida en pedazos. Y ya nada volvería a ser igual, porque lo cierto es que, si el tal Jesús marca un antes y un después en la historia occidental, la emigración marca un antes y un después en mi propia historia. Definitivamente hay una ruptura drástica en el continuum vital de una persona tras abandonar su casa, su barrio, su país, e irse con lo que quepa de su vida en dos maletas... y en el corazón.

Emigrar es cambiar todo de tu vida, desde la posición de la luna menguante hasta la taza del desayuno. Significa pasar mucho tiempo despertándote desorientada, sin saber realmente dónde estás. Es no visibilizar aquella marca que veías todos los días en el techo de tu habitación cuando te ibas a dormir. Es perder de vista el árbol del patio de tu casa que tu propia madre plantó y vos viste crecer esperando que llegara el verano en el que te diera sombra. Es añorar hasta el pestillo que girabas para abrir la puerta que te llevaba a la calle a andar en bicicleta (esa que tus padres vendieron para pagar el pasaje del avión). Es no escuchar más la cumbia de tus vecinas a todo volumen cada mañana. Es no sentir el olor del perfume de tu abuela en su abrazo. Es ser siempre la nueva, la distinta, la de afuera. Es buscar la cruz del sur y no encontrarla. Es pasarte los cumpleaños pegada al teléfono o a la computadora. Es una nueva habilidad por recordar más lo micro que lo macro y obsesionarte con almacenar todos los recuerdos posibles de tu vieja vida, como una muerta a la que no querés olvidar, como a una muerta a la que no querés reconocer como tal.

La que fui en Uruguay deambula como un espectro entre la vida y la muerte. Puede que haya gente en Uruguay que me recuerde, pero ya nadie me espera. Después de tantos años estoy segura de que casi nadie me echa de menos. He perdido casi todo contacto con las gentes de mi pasado. La prueba está en que llegué a Montevideo hace diez días y no tuve prácticamente a quién avisar que había regresado al paisito. En definitiva acá soy la que se fue, una muerta que no murió, un fantasma. Y allá la sudaka, la del acento, la que renueva los papeles en la oficina de Extranjería en el extrarradio, un grano en el culo de Europa. Mi abuela siempre me ha dicho “este siempre va a ser tu país, Magda”, pero yo ya no sé cuál es mi país, dónde está mi país, si se quedó cuando me fui, si se vino conmigo a vivir a Canarias, si vive sólo en mi nostálgica memoria o si hoy está acá, entre ella y yo, padeciendo con nosotras esta fría y húmeda noche de invierno montevideano... Hace mucho frío. Demasiado. No sólo afuera, también adentro. No hay calefacción en el Hospital. La verdad que debo ser honesta: he visto casas okupas en el Estado español en mejores condiciones que este hospital uruguayo. No me apetece buscar culpables ahora, no es el momento. Pero estoy segura que se reparten complejamente entre el maldito Colón de 1492, los gobiernos uruguayos desde la "democracia" burguesa corrupta y cómplice instaurada en 1830 y cada una de las generaciones que no hemos derrocado este sistema capitalista, colonialista e imperialista de mierda. Pero bueh, dije que no voy a buscar culpables esta noche. Hoy mi abuela es el centro, mi centro, mi abuela, que comparte habitación con trece mujeres más, nada más y nada menos. Seremos unas veinticinco personas esta noche aquí, entre internadas y acompañantes. Cada una de las internadas debe traer su propia acompañante porque acá nadie está pendiente de vos si tenés sed o querés ir al baño o te measte encima. Por eso estoy acá esta noche y todas las noches igual que las demás. Hablo en femenino porque todas las acompañantes somos mujeres, ¡qué casualidad! (nótese la ironía). Nosotras siempre cuidando, ¡carajo! ¡Esto no cambia más! ¡Me cago en este sistema patriarcal de mierda!

Mi abuela se mueve en la cama, parece que fuera capaz de oír mi ira interior. Siempre dice que me enojo mucho, que soy demasiado peleona. Está boca arriba y hace fuerza para girar sobre sí misma y así poder dormir de costado. Tras un movimiento lento se ha quedado mirando de frente hacia mí. ¡Qué linda que es mi abu! Cuando logro disipar mi miedo a que su sueño sea muerte soy capaz de ver toda su hermosura en esplendor: su piel morena de terciopelo, sus canitas, los años caminándole por sus arrugas perfectas... Ayer se quedó sin ropa limpia y le presté una camiseta mía. Ahora el lema "Visca la lluita feminista” cubre su pecho y el vientre del que indirectamente provengo. “Feminista”, esa palabra que abrazo y encierra el porqué de no darle bisnietxs; el porqué de no casarme ni cuidar a un hombre (hasta el odio) como hizo ella; el porqué de la mezcla de sentimientos que me inundan esta noche mientras la observo en la penumbra: admiración por su fuerza y resistencia; amor y agradecimiento por todos sus mimos de lejos y de cerca; y un odio rotundo y gigantesco por el machismo de mierda que relegó su curiosidad infinita a la finitud del hogar. “¡Sos tan original, reina de la abuela!”, me diría con tono burlón si me oyera los pensamientos ahora mismo. Me lo dice cuando discrepa conmigo pero no quiere discutir, que es casi siempre. Luego también está su “Aunque seas roja yo te quiero igual”, besito en la frente y tema zanjado para esta señora de derechas convencida y practicante. De derechas, pero mira la Televisión Española a través de la televisión por cable porque dice que de esta manera no sólo se siente más cerca de nosotrxs sino que, además, sueña con verme a mí algún día, a su nieta “la rebelde”, en alguna de las imágenes de manifestaciones que suelen emitirse en los noticieros. “¡Una manifestación! ¡Por ahí debe andar Magdalena!”, cuenta que piensa y me busca entre la muchedumbre. Yo por mi parte evito explicarle que nunca me va a encontrar, que las noticias de la colonia canaria casi no salen en la Televisión Española. No quiero romperle su ilusión.

Qué curioso que me busque. Ni siquiera yo me he encontrado aún. Hoy, por ejemplo, me anduve buscando en la moña azul de una niña del ómnibus número 546 cuando venía de camino al hospital a hacerle el relevo a mi tía, con quien nos turnamos la mayoría de las horas de acompañamiento. Siempre tomo el 546. Seguro que hay muchos otros que me sirven para ir al Hospital desde la casa de mi tía, pero lo desconozco. Me cuesta hacerme a los caminos. Me fui tan joven que nunca terminé de conocer Montevideo y durante mis escasos regresos, cuando ya me voy adaptando un poco a ella y a sus recovecos, me interrumpe siempre el timbre de la partida ¡y avión conmigo! Cada vez que me voy me olvido de todo. Cada vez que vuelvo es un volver a empezar. Esta vez con el 546 hacia el Hospital, con la niña de la moña azul como mapa. Se subió dos paradas después que yo, iba o venía de la escuela. Yo estaba sentada al fondo y ella dos o tres asientos más adelante pero en diagonal a mí, y me quedé mirándola ensimismada. La moña azul junto con la túnica blanca componen el típico uniforme de la escuela pública uruguaya. Yo llevé ese mismo uniforme. Cuando era pequeña odiaba esa moña, mi madre siempre me andaba persiguiendo para planchármela porque decía que no podía andar toda arrugada, que la gente iba a pensar que no tenía madre. Ya de mayor me empezaron a parecer hermosas esas moñas y trasladé mi odio directamente a la plancha y a la obligación de las madres de tener a sus hijas bien planchadas. Abstraída en mis pensamientos, algo se removió en mí, algo intentaba encajarse. Miraba a esa niña en la distancia de mis treinta años y sentía que de alguna manera yo había sido ella, pero lo había olvidado; fui ella en otro tiempo, pero ya no lo era. Magdalenita de túnica blanca y moña azul tomando el ómnibus para ir a la escuela: parte del espectro, trozo de la vida que nunca quiso morir. Pensé por un momento que era simple nostalgia de la edad, pero no, no lo era. No sólo miraba a esa niña con la distancia del tiempo, había otro tipo de distancia entre nosotras, una distancia que está relacionada con esta sensación que me invade últimamente de sentirme turista en mi propio país (¿lo soy?), y de ir observando todo como una simple espectadora, como si ya no perteneciera a él (¿pertenezco?). Miro a esa nena y miro para atrás en mí: me reencuentro con la niña que fui en los brazos de mi abuela, de la mano de mi madre, callejeando Montevideo yo también de moña azul, en mi escuela, en mi barrio... Algo se encaja en mi interior. La miro, me miro, e identifico el abismo. Hay un abismo de años y algo más. Algo que al mirar en el espejo delata que no soy la que fui. Algo que me grita, al mirar la ciudad por la ventana del bus, que mi país es un completo desconocido para mí y yo una completa desconocida para él; que ya no pertenezco a este lugar ni a ningún otro. Yo, la boluda que siempre me creí una pieza de este puzzle celeste, miro a esa nena y asumo que soy una pieza perdida sin puzzle. Porque emigrar te rompe algo adentro, algo que ya no tiene arreglo. Digamos mejor que emigrar te hace añicos el adentro y ya nunca más tenés adentro, quedás condenada a ser siempre un afuera estés donde estés; porque si pertenecés a algo ahora es al grupo del tránsito, al grupo del no-lugar, a los despertenecientes o a las despertenecidas. En Uruguay soy la que se fue. En España soy la que llegó. Me haré una casa en el Atlántico. Habitaré el mar. La parada de bajada en el Hospital me sorprendió, para no variar, huyendo de mi realidad.

Camino al Hospital me compré unos bizcochos. ¡Los extrañé mucho también! Y los alfajores. Y el fainá. Y la polenta. Y ya paro, que la lista de mis nostalgias es muy extensa. Es difícil de explicar, pero se extraña absolutamente TODO cuando te vas. En los emails que escribía a mis amigas del barrio recuerdo decirles que extrañaba hasta el agua podrida (aguas fecales) que recorrían de esquina a esquina la calle donde vivíamos. Se reían de mí. ¿Cómo es posible extrañar hasta eso? Definitivamente los caminos de la identidad son inescrutables. Yo no tomaba mate antes de irme de Uruguay, no escuchaba murga ni folklore uruguayo, y un día jugando al Tutti-Frutti (un juego de preguntas y respuestas) no supe responder a la pregunta “¿Un país con U?”. Hoy ese país con U se me anuda en la garganta cuando me preparo el mate en tardes de saudade y pongo a Zitarrosa a cantar que el candombe del olvido me devuelva lo perdido.


El mate, mi fiel compañero en tardes de saudade y también estas largas noches junto a mi abuela en el Hospital, bebida amarga que me endulza el alma y me hace más llevadero el tic tac. No sé cómo pude despreciarlo tanto tiempo, ahora no sabría vivir sin él. Es pura magia, sin lugar a dudas. Tanta magia que, como es algo que se suele compartir, resulta también un gran promotor del hablar y del hacer comunidad. Alrededor del mate tuve las más lindas conversaciones con mi abuela, y quizás también la más dolorosa. Esta última la recuerdo perfectamente, fue durante uno de los pocos reencuentros que tuvimos en mis quince años de vida migrante y la única vez que ella pudo viajar a Canarias a visitarnos y a conocer la tierra de sus abuelxs. Estábamos mateando por la tarde en el patio de mi casa, poniéndonos al día, hablando sobre la distancia y el tiempo, y de repente se hizo un silencio, y con un tono triste y resignado me preguntó: 

“¿Quién nos va a devolver todos estos años, Magda?” 

Cinco años después de aquellos mates, en esta fría noche uruguaya de hospital, sentada yo al lado de la cama en la que ella lucha contra la muerte, inevitablemente, escucho el eco doloroso y taladrante de su pregunta sin respuesta.   

sábado, 28 de octubre de 2017

Gordo

Iba caminando por mi nuevo barrio, hacia mi nuevo hogar, observando las casas, edificios y tiendas que se convertirán pronto en una rutina visual para mí, y algo me llevó a detenerme y entrar a husmear en la librería, mi nueva vecina de papel. Eché un vistazo general a las estanterías sin un interés claro, y como un imán hacia el metal mis ojos se movieron directamente hacia él: GORDO, de Jesús Ruiz Mantilla. En la portada se puede ver a un niño gordo con cara de picarón comiéndose feliz un helado de fresa y su contraportada anuncia lo esperado: la historia de un gordo. Acto seguido, como buena señora desconfiada que soy, me dispuse a verificar en mi móvil que su autor fuese gordo: no pensaba comprar un libro sobre gordos escrito por un flaco, ¡No way baby! Googleo entonces “Jesús Ruiz Mantilla”: “Escritor y periodista de El País…”, vale… Vamos a “Imágenes”… y ¡tachán! Internet me devuelve un fisco de esperanza en la humanidad: efectivamente, Gordo está escrito por un gordo… ¡Yupi! 

Nunca había oído hablar de él en estos 4 años de activismo gordo ¡y eso que la novela fue publicada en el 2005! Este detalle me trajo nuevas dudas, pero la intriga por leerlo me ganó, así que -decidida a hincarle el diente- me lo compré igual, y lo cierto es que como buena gorda que soy, ¡ME LO HE ZAMPADO! He devorado sus páginas como me devoro un plato de papas fritas.

El Gordo de esta historia se llama Ramón, iba para Monchito pero se quedó en Monchón debido a la cantidad de kilos de existencia que siempre ha llevado a cuestas. Monchón habla constantemente de comida. Su gusto por la misma y su cuerpo gordo (emergido en la indescifrable frontera entre la genética y la construcción sociocultural) entretejen cada rincón de su identidad, su personalidad e historia, siendo la gordura la gran protagonista en su nacimiento (en el que cuenta haber reventado las trompas de falopio de su madre con sus cuatro kilos), hasta en su profesión: nuestro gordo es un reconocido crítico gastronómico que publica sus críticas en un periódico. Como cualquier ser humano, Monchón tiene un amor pendiente, un trabajo con un jefe de mierda, una madre preocupada, una infancia complicada y un amigo cómplice. Como cualquier gordo, Monchón sufre el estigma interior y exterior sobre su cuerpo gordo, un comportamiento inevitable en una sociedad gordofóbica que erige al cuerpo delgado como normativo, deseable y exitoso, condenando al gordo a la exclusión, la baja autoestima y la (auto)destrucción: 

«Siempre me he visto en el límite y el límite ensancha y ensancha sin parar, neutralizando la frontera anterior. Cuando usaba la talla 40 creía que aquello era ya el acabose; hoy, que uso la 62, pienso lo mismo. Entre todos me inculcaron un miedo atroz a explotar: "Vas a explotar, vas a explotar, pero qué bruto eres, ¿otro plato? Vas a estallar". Toda aquella música resuena dentro de mi cabeza como una letanía.»

Gordo es una novela sencilla, una historia sencilla, probablemente incomprensible e insulsa para el lector o lectora fit, pues su gracia y encanto radica en el desgrano de los pensamientos de su personaje principal, en la desnudez de su alma gorda, con la que el lector o lectora gord@ se sentirá identificad@: su relación con la comida, el efecto de los insultos en el autoconcepto y autoestima, la obsesión del mundo con clavar la dieta sobre nuestro cuerpo, el proceso mental estresante en el que nos embarcamos cuando les obedecemos, la relación tóxica con la báscula, la desconfianza en lo que tiene que ver con lo afectivo-sexual, el miedo a pisar una tienda de ropa, la sensación de ser una diana hipervisible en la calle y sin embargo invisible como ser humano, el pánico a subirse a una moto y a ocupar determinados espacios… ¡y la salvación en la música! (esto me recordó a Rae en My Mad Fat Diary encontrando paz en el rock). Para Monchón el último resquicio que nos queda a l@s gord@s es la ópera, la cual ve como refugio, como el único espacio en el que somos respetad@s protagonistas: 

«La ópera es el único fortín que nos queda a los gordos para ser respetados en ciertas artes (…) conserva nuestra autoestima en este mundo ultramoderno y anoréxico (…) que quiere poner cadenas eternas al disfrute y ahogar el espíritu de Epicuro, que no hacía daño a nadie, el pobre, con su creencia ciega en el placer como forma de equilibrio social.»

En resumen, Gordo es una voz gorda entre tanto silencio flaco, una voz bastante sarcástica, por cierto- no podía faltar el humor característico del gordo. No es una historia grandilocuente tampoco: la gente gorda no somos héroes ni heroínas de nada aún. En estas páginas sólo nos encontramos –que no es poco- una historia muy parecida a la de cualquier gord@ y un pequeño tesoro que sólo nosotr@s l@s gord@s podremos apreciar: el sentirnos, por fin, identificad@s con un personaje protagonista, con sus virtudes y sus miserias, sus dolores y alegrías, y sobre todo: con su amor por la comida. 


Para finalizar, una crítica constructiva a Jesús Ruiz Mantilla: el diálogo difamando a la gente vegetariana era innecesario, querido Gordo... ¡Existimos gordivegans y todo!*



*Atención: para l@s veggies que quieran leer este libro ¡cuidado con la sensibilidad! Muchos de los platos que son descritos en esta obra implican sufrimiento animal. Está claro que nadie es perfecto.