
Hoy tuve una de esas clases que te dejan enroscada la cabeza, como si tu cerebro estuviera formado por miles de nudos en un único ovillo de lana imposible de desenredar.
El tema en cuestión: el tiempo.
¿Cuál es el tiempo que nos ocupa? ¿En qué tiempo pensamos y nos preocupamos?
En mi caso, en mi recorrido político me han marcado mucho dos autores, cada uno mirando hacia un lado: Marx mirando al futuro, Walter Benjamin mirando al pasado. Pero eso sí, ambos buscando lo mismo: la liberación de la clase oprimida. El proletariado no tiene nada que perder salvo sus cadenas, y parece que la historia se encamina indefectiblemente hacia un futuro en el que, después de la revolución, llegue la vida armoniosa con el mundo y con la sociedad, exenta de explotación. Walter Benjamin, de escuela marxista, expondrá sin embargo en sus Tesis de la Filosofía de la Historia, que el motor de la revolución no está en la mirada hacia el futuro, sino hacia el pasado, pues la meta es vengar o redimir a todas las generaciones de personas explotadas y silenciadas de toda la historia.
Y acá llegamos al quid de la cuestión: ¿cuál es el tiempo de la ideología de la dominación? ¿en qué piensan los opresores? ¿en qué piden que pensemos?
La respuesta es sencilla: en el PRESENTE.
La ideología del presente es la columna vertebral del sistema capitalista, el sistema económico que nos oprime. Él nos grita por todos los medios: ¡carpe diem! ¡piensa en el presente! ¡gasta! ¡consume! ¿qué más da hipotecarse? ¡no hay mañana! ¡no existe el pasado!
¿Y qué implica todo esto?
Implica que pienses en ti, y en NADA MÁS QUE EN TI. Implica que tu vida, tu hoy, este minuto mientras me lees, es único e irrepetible, y como no tienes nada más, porque no hay pasado ni futuro, no querrás gastártelo en nada ni en nadie que no seas tú. No regalas tu tiempo. No pierdes tu tiempo. Nos dicen que la vida pasa demasiado de prisa como para pararse a pensar de dónde vienes y hacia dónde vas, y terminamos pensando que "mi proyecto vital, mi individualidad, es lo que debo proteger", "no tengo tiempo para los demás". Y aquí es que mueren todas las posibilidades de ser solidarixs. Porque la solidaridad es dar mucho. Sobre todo tiempo.
Individualismo puro y duro. Individualismo posesivo con tu vida. Levanta vallas, rejas, portones, muros. Protégete. Que todo le pase a otro. Que la violencia llegue a otra. Mientras no me pase a mí no hay problema. Yo protegida. Yo en orden. Yo en paz. Yo en mi casa. Yo, yo y yo.
La vida se convierte en hoy, ya no es un trayecto familiar, una historia colectiva, un proceso social, sino un conjunto inconexo de "hoy"s individuales. Es decir, vivimos una suerte de vida fragmentada en diferentes momentos cotidianos, sin identidad unificadora (pues no formamos parte de nada). Nos vendieron la moto del carpe diem y la gente (en su mayoría) ya no se instala en los grandes "relatos" de vida, ya no sueña revoluciones, no se siente parte de un lugar, no escucha a sus abuelas, y, así, la historia de hace cincuenta años es ya papel amarillento... ¿cómo no serlo? ¡si ya nos es ajeno el ayer!
Ya no nos ponemos etiquetas. Pero no es que hayan pasado de moda. Es que perdieron su razón de ser, su tiempo y su lugar.
Nada tiene principio ni fin. El capitalismo tampoco. El sistema se nos muestra intemporal: nunca empezó, nunca terminará. No luches. No podrás con él hoy, por lo que no podrás con él nunca. Así que Carpe Diem.
Velocidad, velocidad, velocidad. El frenesí de la vida sin buscar la liberación. El frenesí de la vida encadenada. Gasta. Consume. No hay mañana. Gasta.
Esta ideología difundida por películas, libros, teatro, medios de comunicación, etc., es la pieza clave del puzzle, el gran ancla que nos mantiene inmovilizadas frente a un sistema económico voraz. El tiempo es ese cambio constante para que se cumpla esa ya conocida frase de "todo cambia para que todo siga igual". El tiempo es la amenaza de la muerte. El tiempo es miedo. Y el no-mañana... urgencia.
Y las que militamos en colectivos sociales y políticos, ¿estamos liberadas de esto? Evidentemente no, tampoco. ¿Acaso no tienen últimamente la sensación de que todo se convoca y desconvoca muy rápido? ¿Que estamos en tantas luchas que no hay tiempo para luchar por todo? ¿Que tendemos a montarnos chiringuitos de comodidad? ¿Que nos adherimos a cientos de convocatorias como si no hubiera mañana? ¿Que somos incapaces de respetar los procesos de la gente o de los colectivos o las ideas?
Hace tiempo que dejé de creer en la coherencia interna. Estoy tan llena de contradicciones que solucionarlas siempre me pareció una utopía. Somos seres fragmentados, la fragmentación es parte de nuestra vida actual, del ser posmoderno o postmetafísico (no como ideología, sino como tiempo en el que nos tocó vivir).
Tendrá sus cosas positivas, supongo, su punto erótico de trasgresión... pero hoy encontré la parte más negativa: tenemos la urgencia pegada a la piel como un virus del que no podemos deshacernos, la urgencia desesperante, la urgencia ansiosa, taladrándonos duramente el cerebro mientras nos sentimos impotentes. Es verdad que este mundo y este momento en el que vivimos necesita de cambios urgentes, pero Roma no se construyó en un día. La velocidad es mentira, estos ritmos son mentira. Nada más urgente, hoy, que romper con estas creencias. El mundo necesita sujetxs que se rebelen contra el modelo de pensamiento que se propaga desde el poder, ese pensamiento inmovilista e insolidario de "la vida no es más que hoy".
Y quien me dice que no tengo mañana, todavía no ha visto lo que yo veo: el amanecer libre en los ojos de mi abuela... el amanecer libre en los ojos de mis hijas.
La herencia del pasado.
La luz del futuro.
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“¿De dónde vendrán todos? ¿Dónde están ahora?”
Pero a estas preguntas hay que sonreírse y responder:
“No puede estar
sino donde toda realidad ha sido y será, en el presente y en lo que
viene.”
Por consiguiente, en ti, preguntón insensato, que desconoces tu propia
esencia y te pareces a la hoja en el árbol cuando, marchitándose en
otoño pensando en que se ha de caer, se lamenta de su calda, y no
queriendo consolarse a la vista del fresco verdor con que se engalana el
árbol en la primavera, dice gimiendo: “No iré yo, serán otras hojas.”
¡Ah, hoja insensata! ¿Adónde quieres ir, pues, y de dónde podrían venir
las otras hojas? ¿Dónde está esa nada, cuyo abismo temes? Reconoce tu
mismo ser en esa fuerza íntima, oculta, siempre activa, del árbol, que a
través de todas sus generaciones de hojas no es atacada ni por el
nacimiento ni por la muerte. ¿No sucede con las generaciones humanas
como con las de las hojas?
A. Schopenhauer
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Actualizado el 17 de diciembre del 2013.