domingo, 17 de agosto de 2025

PRIVILEGIO FLACO Y EL BODY SHAMING FEMINISTA

Magdalena Piñeyro


La falta de perspectiva antigordofóbica en cierto sector del feminismo me tuvo varios días con unas impetuosas ganas de quemar mi etiqueta feminista. Hoy, después de andar respirando profundo y contar 1, 2, 3… hasta un millón, me decidí a escribir para quienes quieran leer sobre causas y conclusiones de mi enfado. Una, además de grasa, desborda pedagogía… así que allá vamos. 



Hace unos días, Cristina Fallarás compartió un artículo llamado “Publicar la foto de ellos, cambiar el foco” en el que analiza y apoya una nueva tendencia de redes sociales consistente en hacer body shaming* o humillación corporal a los hombres que comentan los cuerpos de las mujeres en las fotos de éstas. La técnica consiste publicar imágenes obtenidas de sus perfiles que muestran sus caras fofas, sus cuerpos panzones, su aspecto desaliñado o su calvicie, con el objetivo de reírnos nosotras de ellos, exponiendo que no están “a la altura estética” de sus comentarios y exigencias hacia una Pamela Anderson o una Nelly Furtado. En este mismo artículo, Fallarás comenta además que le “encantaría publicar la foto del médico obeso que, ante cualquier problema de salud nos dice que lo primero es perder peso”


Por otro lado, la ilustradora Moderna de Pueblo, apenas un par de días después, publicó una viñeta denunciando la hipervigilancia que sufren las mujeres sobre sus cuerpos tras internalizar la mirada masculina que las objetiviza y las tiene hundidas en una feroz autocrítica de cada centímetro de su ser. Para exponer este hecho se sirvió de una comparativa con los hombres gordos que, según ella, no sufren por sus cuerpos, pues “se la suda todo” y se pasean desnudos, comiendo tranquilos delante de cualquiera. Eso sí, en esta viñeta, inspirada en la anécdota de una fiesta de piscina a la que ella asistió y acabó hablando con un hombre gordo que mientras conversaban se golpeaba en la panza, la autora omitió algunas cuestiones que sí relató en su podcast “2 rubias muy legales”**. Cito frases textuales: “Un barrigón así [hace gesto de barriga grande]... ¿Cómo puede tener tanta autoestima esta persona que está comodísimo con el barrigón?... Y la operación barrigón ¿qué? [respecto a la operación bikini]... Si a mí el tío este, además de hacer así [golpea su vientre] me llevaba “fardapaquetes” [un bañador muy pequeño] yo cojo y digo: ‘Me voy. Estoy comiendo.’ [risas]”. Poco que añadir, salvo que espero que el muchacho de esta historia no escuche ni lea nunca esto.


La cuestión es que aunque me duela y arda troya en mi interior cada vez que identifico gordofobia en contenidos feministas, como sucede en estos dos casos, intento recordarme luego que nadie nace sabida, que todas estamos (des)aprendiendo en este camino en el cual partimos de ser gordofóbicas, pues vivimos en sociedades que lo son. Por eso, y aunque no negaré que me llama poderosamente la atención que feministas formadas, referentes, que llevan años en esto, sigan creando contenido profundamente gordofóbico, volveré a explicar punto por punto lo que está pasando con el feminismo y la gordofobia, porque parece que no nos aclaramos, compañeras.


LA GORDOFOBIA Y LA VIOLENCIA ESTÉTICA


Definimos la gordofobia como la discriminación que sufrimos las personas gordas por el hecho de ser gordas. La gordofobia constituye una violencia estructural que afecta por completo la vida de las personas gordas, vulnerando su integridad física y psíquica, impidiendo el acceso a derechos básicos y condenándoles a la marginación y exclusión. Aunque toda la población tenga interiorizado el miedo a engordar (algo normal en una sociedad gordofóbica), el sujeto oprimido de la gordofobia somos las personas gordas. TODAS las personas gordas, sin excepciones***. 


Por otro lado está la violencia estética, que fue definida por la socióloga Esther Pineda como un tipo de violencia que sufren las mujeres en las sociedades patriarcales, las cuales establecen la belleza como un elemento constitutivo de la identidad femenina. La belleza es considerada por la autora una cuestión de género que atraviesa la vida de las mujeres hasta tal punto de considerarse nuestra cualidad más significativa o importante, el elemento más valioso a adquirir. Su búsqueda supone una gran inversión de tiempo, recursos y energía, y en ello se nos va la vida como un conejo detrás de la zanahoria, de forma infinita e inalcanzable, pues su regla principal es que nada de lo que hagas y consumas pueda llenar el agujero que deja en tu autoestima la comparación constante con un canon casi imposible.  Un canon que es delgado, blanco, joven, cisheterosexual y sin discapacidad, es decir, que se encuentra imbricado en las múltiples opresiones, generando especificidades según el lugar que ocupes en los distintos ejes (racismo, edadismo, capacitismo, LGTBIQA+fobia y gordofobia). Como bien sabemos no es lo mismo ser blanca que negra, ni cis que trans, ni flaca que gorda… Sin embargo, el hecho de que la delgadez sea una exigencia sine quan non de la belleza ha hecho que numerosas feministas confundan gordofobia con violencia estética, y pierdan el norte hasta creer que la gordofobia es exclusivamente una cuestión de género, un padecimiento sólo de mujeres. No son pocas las referentes feministas que, cuando las gordas denunciamos gordofobia, repiten una y otra vez el mantra “la belleza nos afecta a todas por igual”, y no fueron pocas tampoco las que frente al acoso sufrido por la humorista Lala Chus tras el anuncio de su participación en las Campanadas de TVE, insistieron en que “no era gordofobia sino machismo”.


ERROR. 


Las especificidades de género en cuanto a la belleza existen, pero eso no significa que las mujeres flacas y gordas tengamos la misma experiencia corporal, ni mucho menos que los hombres gordos no sufran gordofobia debido al tamaño de sus cuerpos, como señala Moderna de Pueblo en su viñeta, mientras ella misma incurre en comentarios gordofóbicos hacia un hombre gordo. 

Repito: la gordofobia es una discriminación que sufrimos las personas gordas por el hecho de ser gordas. Y sí, tiene especificidades de género, por supuesto. Nadie lo niega. Aquí les comparto algunas de las que hemos identificado: 


  1. Para que un hombre sea considerado gordo debe tener más kilos que una mujer. El canon de la delgadez es más pequeño para las mujeres que para los hombres. Por eso, cuantitativamente sufrimos la gordofobia más mujeres que hombres, aunque esto no tiene por qué derivar en grandes diferencias cualitativas una vez que el hombre ya es categorizado como gordo. 

  2. Ciertas gorduras masculinas tienen “passing” patriarcal debido a que el canon corporal masculino (cisheterosexual y binario) establece como elementos positivos la fuerza y la grandeza, mientras que de las mujeres se espera que seamos chiquititas y delicadas. Sin embargo, este marcaje de género de la “grandeza corporal” adquiere otras especificidades en los casos de personas queer, trans, no binarias, cisgays y lesbianas, algo que aún se está investigando y teorizando.

  3. Conocemos más de la gordofobia femenina que la masculina debido a que la educación patriarcal y sus presiones de género empujan a los hombres a asumir la ridiculización y discriminación de sus cuerpos sin quejarse, a vivir todo esto en soledad y silencio. Mientras las gordas hemos tomado la voz, creado teoría, arte, divulgación, a ellos les está costando romper el dictamen patriarcal que sentencia que “los hombres son fuertes, no son sensibles, no lloran Y NO SE QUEJAN”. 


Los hombres gordos que se están atreviendo a hablar, y sus seres queridos que también denuncian lo que les hacen, relatan experiencias de gordofobia médica, laboral, callejera, cultural, entre otras, igual que las mujeres gordas: “Si esta chica [Moderna de Pueblo] supiera lo que he llorado por mi cuerpo”. “Soy maestra. Este año un niño gordo de ocho años no vino a la excursión porque íbamos a la playa y no quería quitarse la ropa”. “Mi hijo de diez años no se quita el abrigo porque no le gustan sus brazos”. “Yo tengo grabado en mi memoria cómo mi familia le tocaba la barriga a mi padre y le preguntaban para cuándo esperaba el bebé”. “Mi hijo adolescente lo pasa fatal por los comentarios de sus amigos”. “Soy profesional especializada en TCA, estos últimos años ha aumentado muchísimo el número de pacientes hombres”... Y así, decenas de mensajes me llegaron cuando pregunté por la gordofobia masculina en mis redes sociales. 


Es señalable también que todas las personas gordas nos enfrentamos a la invisibilización o anulación de nuestras voces a través de la deslegitimación corporal: ¿cómo que es una nutricionista y es gorda? ¿qué ejemplo y educación va a dar un padre gordo? ¿cómo que el profesor de educación física es gordo? ¿Cómo que una gorda es ministra de sanidad? La moral gordofóbica nos lleva a asociar el cuerpo gordo con un “mal humano”, un “humano inferior”, repercutiendo en lo que Iris Marion Young llamó “carencia de poder” y Spivak la incapacidad del habla del “subalterno”. La negación de nuestro derecho a existir implica la negación de nuestro derecho a hablar. Nuestro cuerpo deslegitima lo que somos y decimos. Por eso la gente tiene mayor disposición a escuchar y creer a una persona delgada que denuncia la gordofobia que a una gorda. Y por eso Cristina Fallarás en su artículo pudo vencer al médico gordo poniendo el foco en su cuerpo, en lugar de esgrimir argumentos que desmontaran los consejos gordofóbicos que él le había dado. Que sea gordo es suficiente para que él pierda la batalla frente a ella. 


Pero, ¿por qué hacen esto Fallarás y Moderna de Pueblo? ¿por qué no van estas feministas a hacerle body shaming a los hombres fitness, por ejemplo? Sencillo: porque no pueden. En body shaming no es binario, y al igual que en la violencia estética, no solo cuenta el género, sino todos los atributos corporales, sus respectivos ejes de opresión y su relación con el concepto de belleza hegemónica. Dado el caso, en la escala corporal un hombre blanco flaco fitness está por encima de ellas (que son mujeres blancas delgadas pero no atléticas), mientras que un hombre gordo siempre estará por debajo de ellas en esta escala, a pesar de ser hombre (Virgie Tovar explica muy bien cómo la gordura conlleva pérdida de privilegios masculinos en su artículo “Los hombres gordos son una cuestión feminista”). La cosa siempre es más compleja de lo que parece, pero sin lugar a dudas es la jerarquía la que habilita la capacidad de humillación y burla. Jamás podría ponerse en práctica este tipo de venganza contra quien esté por encima y no por debajo, pues se carece del poder de hacerlo.


En resumen, esta herramienta (el body shaming) sólo puede ser utilizada por mujeres cercanas al canon estético contra hombres que estén lejanos a él. Pero jamás servirá contra hombres que estén cercanos al canon estético ni a mujeres que estamos lejos de él, pues su legitimidad y efectividad depende de la jerarquía y el poder.



EL PRIVILEGIO FLACO


Va a ser duro para muchas feministas flacas leer esto, pero tengo que decirlo: en cuanto a experiencia corporal, yo tengo mucho más en común con mi padre, un señor gordo cisheterobásico, que con una mujer flaca feminista. Mi padre sabe qué se siente que no te quepa el culo en un asiento de bus, que un médico se niegue a atenderte por tu peso, que te cueste encontrar ropa de tu talla para trabajar, que la gente se burle del gran espacio que ocupa tu cuerpo, vivir con esta sensación de que no tienes derecho a existir así, gorde. Una feminista flaca no tiene ni idea.


Y con esto no quiero abrir brecha, sino un cuestionamiento que considero fundamental para seguir transformando esta sociedad hacia un mundo en el que quepan todos los mundos, y también todos los cuerpos.  


Me parece problemático que una feminista cercana a la hegemonía corporal se burle de un tipo de barrio, de un calvo o de un gordo sin pensar en las compañeras calvas, gordas y de barrio que están leyéndolas o escuchándolas. Y me parece igual de problemática la utilización de la humillación de los hombres como herramienta de venganza feminista, tanto así como la negación constante de la gordofobia masculina, cuestiones que considero se encuentran íntimamente ligadas a la falta de interseccionalidad y a una resistencia rotunda de las feministas a reconocer sus privilegios. 


Por un lado, están negando la realidad de la gente gorda “adueñándose” del relato de la gordofobia bajo la etiqueta de “a todas las mujeres nos afectan los cánones estéticos por igual”. Poner el género por encima de todas las demás opresiones sirve de estrategia para esquivar el hecho, y no hacerse cargo, de que ostentan muchos privilegios respecto a las demás mujeres del mundo, y en concreto, en cuanto al eje de la gordofobia, un privilegio flaco respecto a las mujeres gordas, a las personas no binarias gordas y también (y lo que más les cuesta reconocer) respecto a los hombres gordos.  


Por otro lado, su búsqueda de venganza a través del body shaming me recuerda a ciertas dinámicas del feminismo blanco, criticado por compañeras antirracistas y anticolonialistas como Rafia Zakaria. En su obra “Contra el feminismo blanco”, la autora señala la preponderancia del factor género sobre la raza y la clase social que propone este tipo de feminismo, cuya meta no es la liberación de todas las mujeres, sino privilegios para unas pocas. En este indivisible mundo capitalista-racista-patriarcal, el sujeto se define a través del poder, la jerarquía, la propiedad y la dominación de personas y territorios, y el feminismo blanco, en lugar de cuestionar este sujeto lo que aspira es a igualarse a él. En este sentido, su propuesta es alcanzar la igualdad ascendiendo a la categoría de sujeto, es decir, ser y hacer como ellos, sin desmontar su altar ni las reglas que rigen este mundo que crearon. El feminismo blanco logra su meta, pues, repitiendo el patrón: poder y dominación sobre quienes están debajo. Y convengamos que por debajo de una mujer euroblanca, delgada, cisheterosexual, de clase media o alta, y sin discapacidad, hay muchísima gente. Y es justo sobre esta gente, sobre la que el feminismo blanco puede aplicar la herramienta de “la venganza” a través del body shaming, si tenemos en cuenta que -como decíamos antes- es la jerarquía la que lo posibilita. Así, una herramienta que a primera vista quizás nos parezca revolucionaria, puede estar reproduciendo más machismo y violencia estética de la que creemos.


Sé que más de una me estará leyendo pensando “qué pesada”. Otras pueden estar dolidas por el señalamiento de privilegios (sé por experiencia propia que escuece). Después de 15 años de lucha feminista yo también certifico que a veces estoy HARTA de que sea un movimiento tan crítico, tan duro, en permanente deconstrucción y reconstrucción. Pero creo, a su vez, que ese es su principal potencial, y que es importante que nos sigamos preguntando: ¿qué feminismos queremos?


Porque yo hace tiempo que reniego de este feminismo blanco que me enseñaron en la universidad y que muchas veces, inconscientemente, puse en práctica con mis colectivas feministas. Yo quiero un feminismo gordo e interseccional que, lejos de buscar igualarse al hombre blanco reproduciendo sus jerarquías y sus violencias, apueste por romper toda relación de dominación para que todas seamos libres. Todas. Todes. Todos.


Y ojo, que cuando hablamos de feminismo blanco no hablamos de un color de piel sino de un modo de pensar y hacer, compañeras. Según Zakaria “Para ser feminista blanca no hay que ser blanca, y también es perfectamente posible ser blanca y feminista, y no ser feminista blanca”. Así que desde acá, sean ustedes, o no, blancas y/o flacas, les extiendo mi invitación a que repensemos nuestras dinámicas y herramientas, que dejemos de reproducir violencias entre nosotras, que tomemos conciencia respecto al feminismo flaco-blanco que tenemos interiorizado y lo abandonemos en masa. Que seamos, como diría mi querida Leuryck Valentín, no aliadas, sino traidoras de la norma corporal. 


Un, dos, tres. Pica por mí y por todas mis compas.

__



*Body shaming: frase anglófona que señala la humillación o “avergonzamiento” que se hace de una persona debido a su cuerpo. También se utiliza “fat shaming” que se refiere al caso en que se ejerce sobre una persona gorda debido a su peso. 

** Fuente del podcast: “2 Rubias muy legales. Temporada 2, episodio 4. Título: “Operación Bikini”. Información aportada por la activista gorda Naima Busquets.

*** Pueden leer más sobre la gordofobia como sistema de opresión en mi libro “Stop Gordofobia y las panzas subversas" que está de libre descarga aquí: https://www.academia.edu/40409060/Stop_Gordofobia_y_las_panzas_subversas 


domingo, 29 de diciembre de 2019

BESOS EN LA PANZA

(Poema original: "Belly Kisses", de Rachel Wiley. Traducción libre de Magda Piñeyro)



Hay una hermosa mujer en mi cama.
Después de mucho flirteo incómodo
comenzamos a besarnos en mi sofá
y luego continuamos escaleras arriba
deshaciéndonos de todos los accesorios de ropa
(cardigans, leggins, calcetines)
hasta que nuestros vestidos
son lo único que queda entre nuestras pieles.

Mi primer instinto, cada vez que me quito mi vestido,
es rodear mi panza con mis brazos,
no tanto por vergüenza,
sino más bien como un escudo contra el asco que el mundo le profesa.
Amo mi cuerpo más días de los que no lo amo,
y esa es una larga batalla ganada,
pero aún siento a veces
que pedirle a otra persona que lo ame es pedir demasiado.
Cada vez que dejo que alguien me folle con el vestido puesto
me echo después en mi cama
y me prometo a mí misma no permitir que otra persona acceda a mi cuerpo sin verlo completo,
sin maravillarse con él,
sin posar sus labios en cada uno de los rincones que en él son considerados despreciables...
Una promesa que rompo tan pronto como la necesidad de ser tocada pesa más que la dignidad,
lo cual significa que aún estoy aprendiendo a pedir lo que merezco sin disculparme.

Y cuando -reteniendo la respiración- por fin me quito el vestido
está esta hermosa mujer esperando del otro lado,
y, sin que se lo pida, posa sus labios en mi barriga antes de que yo pueda cubrirla,
y se maravilla con ella
y recorre con sus manos mi cuerpo
como si sus palmas pudieran simplemente
quitar toda la crueldad del mundo que habita mi piel.

Ahí está esta hermosa mujer en mi cama,
y sostiene la belleza de la misma forma que yo, mi belleza duramente ganada,
con las dos manos desbordadas
y cuando de repente emerge de su vestido de algodón
¿qué puedo hacer yo
sino amar su cuerpo del mismo modo que lucho cada día por amar el mío?

Entonces beso su cuerpo,
y me maravillo con él,
y lo toco,
y él responde a mis manos expectantes.

Ella es infinita.
Las dos somos infinitas en mi cama.
Y vulnerables.
E ingrávidas.
Ingrávidas, sin peso,
pero ni un poquito más pequeñas...
¡Gracias a Dios que no somos ni un poquito más pequeñas!

_______
Apunte sobre la traducción: en el último párrafo, la autora utiliza los términos "unshielded" y "weightless", los cuales se traducirían literalmente como "sin escudos" y "sin peso", pero me he decidido por utilizar "vulnerable" e "ingrávida" porque acorde al contexto creo que definen mejor el sentido de la frase. Consultar la original aquí: https://www.facebook.com/RachelWileyPoetry/videos/1911032758954260/?v=1911032758954260

viernes, 5 de julio de 2019

VEGANISMO Y ECO-GORDOFOBIA. No tengo que demostrarles nada.


Imagen 1, encontrada en página vegana

Son las tres de la tarde, tengo media hora de descanso en el trabajo para ir a buscar algo que comer y volver rápido. En la Asociación estamos en período de “Justificación del Proyecto” (mucho trabajo burocrático) y el tiempo es oro. Me dirijo apurada hacia uno de los pocos bares cercanos a la oficina que hace algo vegano para que yo coma, cuando de repente una mujer que venía en la misma acera que yo, de frente hacia mí, me para para decirme algo. Es una mujer delgada, de unos cuarenta años como mucho, blanca, estilo hippie (“pijipi”, más bien), que va cargando una maleta de viaje y varios librillos en sus manos. “¡Disculpa! ¿Hablas español?”, me pregunta. Se nota que ella no mucho, así que aunque tenía prisas le hice caso, pensé que quizás estaba perdida y necesitaba saber de algún sitio o alguna calle. “Sí, dime”, le respondí. “Vengo a un encuentro estatal de Yoga. Estoy difundiendo estos libros de yoga, ¿quieres uno?”, y me extiende los libros que tenía en sus manos para enseñármelos. “No, muchas gracias”, respondí educadamente, y cuando me planteo seguir mi camino, insiste, “Es a la voluntad, lo que puedas aportar”, y yo de nuevo “No muchas gracias. Disculpame, tengo prisa, tengo que irme”, y arranco pero me sigue unos pasos en mi camino para volver a pararme e insistir, esta vez, mirándome de arriba abajo mi cuerpo gordo: “Es para la mente, no para el cuerpo”.

Hace unos meses publiqué en la página de facebook de Stop Gordofobia una imagen que reivindicaba la existencia de las personas gordas veganas. Una chica me comentó “Es imposible”. Y le dije “Hola. Soy gorda y soy vegana. Existimos”. Cómo siguió esta conversación me dejó muy claro que, tristemente, el veganismo se ha convertido en una moda y que mucha gente -como ocurre con todas las modas- sigue fielmente el camino sin tener ni idea de los principios éticos y políticos que hay detrás de él:
   - No puedes ser gorda y vegana.
   - El veganismo no es una dieta, es una decisión ética. Soy vegana por amor a los animales, no por bajar de peso.
   -Entonces tú no eres vegana, sólo te gustan los animales.
Y acá casi me desmayo de la risa. No hablé más. A día de hoy sigo sin saber qué es exactamente para esta persona “ser vegana”. ¿Vida natural? ¿Comida eco? ¿Ser flaca? ¿Ir por la vida propagando la idea gordófoba de que toda la gente gorda es carnívora, antiecológica, malapécora y debería dejar de existir antes de que acabemos con el mundo? En fin. Un enigma más sin resolver. La cuestión es que este discurso es mucho más común de lo que parece. Incluso en páginas que van más allá de la moda vegana y sí mantienen un discurso ético y político en torno al veganismo y/o al ecologismo.



Imagen 2, encontrada en página vegana. 
Imagen 3, encontrada en Bioguia
y Ecorevolución, páginas "eco"

Ayer encontré una publicación compartida por Bioguia (decepción) y EcoRevolución, que se burlaba de que las personas gordas exijamos el derecho al amor propio (ver imagen 3). Son muchas las páginas de facebook y twitter veganas, antiespecistas y ecologistas que están llenas de contenido gordófobo, con publicaciones por doquier que asocian el cuerpo gordo con lo antiecológico, insano, carnívoro, asesino, capitalista, etc. (ver imagen 1 y 2), pero también con la gula, el descontrol y la indisciplina, típico de la moral gordófoba que ve en el cuerpo gordo un cuerpo desmesurado e incapaz de muchas cosas, entre ellas, de ser vegano. Pero ¡¡SORPRESAAA!! las gordas veganas existimos. Y ¿la verdad? Se lo van a tener que comer con papas (fritas o hervidas, como prefieran). Me importa muy poco no dar la talla de lo que cierta gente vegana espera de mí, de nosotras. Llegué al mundo vegano y antiespecista* por los animales no humanos, no por ustedes, antropocéntricos humanos. No tengo que demostrarles NADA.

En cualquier caso, y para finalizar, les invito a hacerse la siguiente pregunta: ¿en serio tienen tan pocos argumentos a favor del veganismo que necesitan recurrir a la gordofobia para defenderlo?




____________________________
* Especismo, según la RAE: 
1. Discriminación de los animales por considerarlos especiesinferiores.
2. Creencia según la cual el ser humano es superior al resto de losanimales, y por ello puede utilizarlos en beneficio propio.

martes, 25 de junio de 2019

Libro: "10 gritos contra la gordofobia". Notas sobre el proceso.

Este mayo del 2019 ha visto luz mi último trabajo: 10 gritos contra la gordofobia. He tenido la fortuna de que muchos medios se interesaran por él y pusieran el ojo mediático sobre la gordofobia. Sin embargo, a veces los nervios me juegan en contra (sobre todo cuando respondo a 3 o 4 entrevistas seguidas), otras veces las interpretaciones de periodistas son las que me juegan en contra (con o sin intención). En cualquier caso, he tomado la decisión de escribir unas líneas aquí sobre este trabajo, para compartir ciertas cuestiones que no han sido abordadas en los medios o no han sido abordadas de la forma que a mí me hubiera gustado. Vamos, que quiero dar mi visión del asunto. 

Intenciones
Escribí el libro en dos meses. Tenía un vómito antigordófobo atravesado en la garganta que salió a borbotones en forma de 10 gritos. Las intenciones de sacar estos gritos a la luz eran principalmente tres, una individual, una colectivo (a nivel gordo) y otra social. 

1) La individual: poder sacar ese vómito de mi garganta, exponer línea tras línea mis 32 años de gorda viviendo gordofobia, pero también todo el proceso de estos seis años de activismo gordo que llevo a cuestas y que me han transformado profundamente, al punto de que ya no quiero argumentar contra la gordofobia, solo quiero gritar, gritar hasta que paren, gritar hasta que termine esta hartada de desprecios, humillaciones y violencias cotidianas. 
2) La colectiva: que otros gordos y gordas pudieran hacer suyos estos gritos si quieren, o que al menos leyeran a otra gorda a la que le pasa lo mismo que a ellxs, que tuvieran en sus manos un espacio en el que nadie les va a juzgar, sino por el contrario, les va a poner en valía. Confieso también, que de a ratos escribí pensando en el texto que hubiera necesitado yo cuando tenía 17 o 18 años, y pensaba que para ser gorda, mejor no haber nacido, o a los 20, cuando aceptaba que mi novio me dijera "eres linda de cara", o a los 25, que seguía sin responder los insultos callejeros.
3) La social: que la persona no gorda que -por casualidades de la vida- llegara a ese libro sintiera los gritos de la colectividad gorda sobre sus ojos gordófobos. 

Por lo demás, este libro fue escrito de forma que cualquier persona que lo desee pudiera acceder a él, a sus contenidos. Lo cierto es que los medios siempre me preguntan qué estudié, cuál es mi formación, y mi respuesta siempre es la misma, "Soy Licenciada en Filosofía, y tengo un Máster en Estudios de Género y Políticas de Igualdad", pero los nervios nunca me han permitido agregar algo más importante que esta formación, y es que aunque estudié Filosofía soy una detractora de ella, de la Filosofía Académica, porque creo que en su mayoría está escrita y difundida por gente que no tiene la intención de ser comprendida ni está interesada en comunicar, sino que escribe a modo masturbatorio (onanismo, idioma fino), es decir, para darse placer a sí mismxs, utilizando palabras difíciles, frases rimbombantes que no dicen casi nada, puro ornamento para sentirse importantes y superiores al resto de la humanidad. Y paso de esta mierda. Para mí (igual que para muchxs otrxs) la filosofía es un constante cuestionamiento de lo que sucede a nuestro alrededor, de sus causas y consecuencias, pero también es una apuesta de cambio, que sólo puede llegar si nos comunicamos bien, si nos comunicamos lindo, si tejemos alianzas más allá de la "titulitis" y las teorías incomprensibles. Esto me lo enseñó mi madre, persona que no pasó por la universidad ni nada que se le parezca, pero es el ser más inteligente y librepensante que conozco. Esta mujer que me regaló la vida y me pagó una carrera hermosa pero elitista, cuando se enteró de que estaba escribiendo un segundo libro, me lanzó el siguiente tortazo verbal: "Magda. Escribí un libro que pueda leer yo". Nada más que agregar.



Proceso 
Mientras escribía dudé mucho, dudé todo el tiempo. La duda me acompaña siempre (también a ella le escribí un poema*), pero en este caso fue una insoportable compañera con la que discutía 24 horas, 7 días a la semana. Dudaba de que tuviera sentido lo que estaba escribiendo, dudaba de que fuera a importarle a alguien lo que yo tenía para decir, dudaba de que aún fuera necesario este texto (¿en serio todavía tenemos que seguir hablando de esto? ¿todavía no se ha dado cuenta el mundo entero de que está mal discriminar a la gente gorda, a cualquier gente?), dudaba de que fuera a gustar. Luego lo conversaba con mis amigas y compas gordas, quienes me llevaban a pensar que mis dudas eran de gorda y de mujer, de mis sentimientos de inferioridad incrustrados y constantes (¡qué importante es lo colectivo!) y volvía a escribir, vomitando el dolor, la rabia, la rebeldía, pensando que escribir este libro era un acto antigordófobo más, y que si no gustaba o incomodaba, pues sería por algo. Y luego volvían las dudas, de forma cíclica. Permanecieron debatiendo conmigo y mis amigas hasta el penúltimo día de entrega del texto a la editorial, día en que caminando por la calle, comiéndome unas papas fritas, una señora desconocida se me acercó, me pellizcó la barriga y me invitó a dejar de comer, diciéndome "ya estás lo suficientemente gorda". Después de este suceso el enojo más absoluto borró del mapa todas las dudas. Y terminé los gritos convencida de que eran necesarios. Era necesario este texto y todos los miles de textos que podamos escribir las gordas/gordos/gordes maldiciendo este mundo asqueroso en el que la gente se atreve a comentar nuestro cuerpo, a insultar nuestro cuerpo, a tocar nuestro cuerpo.

¡Boom!
Y después de dudas, risas, llantos, debates, correcciones y más dudas y más correcciones, los gritos salieron a la calle en forma de libro en mayo del 2019. Tengo la sensación de que es un texto que solté al mundo y que de alguna manera ya no me pertenece, ya camina libre e independiente de la mano de las ilustraciones de Arte Mapache(1). Sé que a muchxs les gustará. Sé que a otrxs muchxs no. Sé que mucha gente gordófoba se reirá de él y hasta pedirán que se calle. Sé que muchas gordas llorarán con él como lloré yo escribiendo algunos fragmentos, y otras se mearán de la risa de las pelotudeces que puedo llegar a decir. Algunos medios hablarán con acierto sobre él, otros no. Expuesto a todo esto y más quedó el pobrecito. Yo elijo quedarme con lo importante: las gordas/gordos/gordes estamos rompiendo con la indiferencia, la normalización y el silencio que siempre ha rondado la discriminación que sufrimos. Y ya no nos callamos más. ¡¡NO NOS CALLAMOS MÁS!!

Para todo lo demás, hamburguesa vegana, juguito de fruta y panzas al sol.


________________________

(1) Este libro no sería lo que es sin esas ilustraciones, tengo que decirlo, es tan importante escribir sobre gordofobia como visualizar gorduras rompiendo con la monotonía flaca de la imagen como está haciendo Arte Mapache con su trabajo (flaca y también blanca, funcional, joven, etc.).
________________________

NOCHE DE DUDAS.


Dudo...


Dudo porque me enseñaron a dudar de cada calada de aire

Dudo porque me cosieron firme la duda a la carne

Dudo porque cada paso mío fue cuestionado
Dudo porque me hicieron dormir con la duda a mi lado...
Dudo porque me hundieron desde niña en la duda 
Y es la duda la que me riñe cuando estoy desnuda 
Duda hay en mis pelos y tras cada palabra
En el rincón oscuro
una duda anuda a mí la inferioridad macabra

Es la duda mi peor enemiga
Desconsuelo de noche, máscara de día
Colona de más de un poro de mi piel
Porque me nacieron mujer
la ley que taladra mi sien es la duda.

Dudo... 
Porque nunca nada en mí fue suficiente
y cuando me creí suficiente fui demasiado
Dudo porque tengo y causo dudas
y la duda latente nunca me dejó dar nada por zanjado...
Dudo porque me abrazan el exceso y la culpa 
Dudo porque miraron con lupa cada rincón de mi cuerpo y de mi mente
Dudo porque plantada la semilla de la duda
sus ramas crecieron por mis piernas, mis manos, mi voz...
Y me amarró bien fuerte

Dudo y escojo los puntos suspensivos antes que el punto y aparte
Dudo y el miedo invade mi Edén,
Dudo porque me nacieron mujer
y no hay duda 
de que es tarde.

Dudosa
Culposa
Excedida...

Dudosa

pero no cobarde.

lunes, 10 de junio de 2019

Salvador Sostres: un gordo y dos armarios.

[Magdalena Piñeyro]

El viernes 7 de junio me llegó un mensaje del último gordo de la faz de la Tierra que esperaba que se pusiera en contacto conmigo: Salvador Sostres. Me comentó que estaba escribiendo para el ABC sobre mi libro “10 gritos contra la gordofobia” y que quería entrevistarme ese mismo día. “Dios me pille confesada”, pensé. 

Lamentablemente, mi vida laboral no se adapta a los ritmos frenéticos de los periodistas y sus medios de (in)comunicación, por lo que no pude hablar con el susodicho escritor. Sentía, de todas formas, que daba igual lo que tuviera para decir: no sé cómo, pero Sostres había dado conmigo y con el activismo gordo, y seguro iba a por nosotros. Casi lo podía ver con el hacha afilada en mano dándole al teclado.

Sin embargo, resultó que estaba un poquito equivocada. Grata fue mi sorpresa cuando otro periodista me envió el artículo y me encontré con que Sostres había usado apenas un cuchillito de margarina contra nosotros. Todavía no sé si sentirme halagada u ofendida, es el tipo de contradicciones que genera gente como él, pero quiero pensar que nuestro activismo le removió algo adentro del niño gordo que estoy segura que fue.

En cualquier caso, me pareció oportuno compartir algunas cuestiones respecto a su texto que, a mi modo de ver, hace aguas. Conste que lo que él exponga sobre mi persona en concreto me la refanfinfla, pero a través de mí se está metiendo con un activismo que llevamos a cabo miles y miles de personas gordas en todo el mundo, las cuales no sólo estamos hasta el gorro de que intenten callarnos con la excusa de la salud, también estamos hartas de ser el hazmerreír en el grupo de amigos, marginadas del mundo productivo, excluidas del mundo sexoafectivo, invisibilizadas en la cultura, acosadas en el colegio e insultadas en la calle. 


Cifras y falacias de autoridad

Se conoce como “falacia de autoridad” aquel argumento que se intenta hacer pasar por verdadero sólo porque quien lo emite tiene autoridad. Es utilizado, sobre todo, cuando el argumento en sí mismo carece de ella. Para jerarquizar mi voz frente la autoridad médica, Sostres obvió información sobre mí (mi formación académica, mis investigaciones, mi activismo) para poner por encima de mí a una doctora que él define como experta en dietética y nutrición. Tal doctora comete el atrevimiento de hablar por todos sus pacientes aseverando que trata a diario con personas gordas “y no viven ese odio ni esa humillación”, una afirmación que es sólo su opinión, no su ámbito de conocimiento, y que carecería de cualquier respaldo de no ser por que él la cita como “doctora”. Dudo, entonces, que sea una fuente fiable de información e invito a sus pacientes, por cierto, a quejarse de que hable por ellos o en su nombre. Por otro lado, y a diferencia de la citada doctora, yo no he conocido ni a una sola persona gorda que no haya sufrido gordofobia, y mi afirmación está respaldada por la comunidad STOP Gordofobia, donde ya somos más de 75.000 personas denunciando experiencias de odio y humillación.

La excusa de la salud... otra vez

Me esperaba algo más original, la verdad. La excusa de la salud está más vista que la Sagrada Familia en Barcelona. Pero nada, toca una vez más dejar claro que desde algunos activismos gordos insistimos en separar una cosa de otra por varios motivos, aunque por no extenderme aquí dejo sólo tres: 

1) Los orígenes de la gordura no sólo tienen que ver con la alimentación (medicaciones, tratamientos, enfermedades, etc. también causan cambios en el peso corporal), por lo tanto no siempre está en la dieta ni en la voluntad el cambio, pero sí puede estar en nuestra voluntad cuidar de nuestros cuerpos más allá de que bajemos o no de peso con ello.

2) La discriminación no es un aliciente de cambio, más bien al contrario, nos hunde la autoestima, nos dirige hacia la autodestrucción y borra toda posibilidad de desarrollarnos plenamente, así como de tomar buenas decisiones sobre nuestros cuerpos.

3) La gordofobia vulnera nuestra salud, nos enferma mentalmente y supone un prejuicio en la consulta médica que, en muchas ocasiones, acaba provocando errores en los diagnósticos y mala praxis médica (hemos recogido muchas denuncias en Stop Gordofobia y también existen numerosas noticias al respecto; dejo un ejemplo por aquí:https://sevilla.abc.es/andalucia/malaga/sevi-mujer-obesa-tras-gemelas-sin-detectara-embarazo-201710261548_noticia.html

Fuentes y victimismo

Es curioso el formato del artículo de Sostres, basado en otros artículos periodísticos en los que se me menciona y/o entrevista. Con esas fuentes de información no hubiera aprobado ni una asignatura de mi carrera. Quiero creer que quizás si hubiera tenido menos prisa y hubiera podido acudir a fuentes fiables de información sobre gordofobia (como la infinidad de testimonios de gente gorda en la web, mi investigación u otras que denuncian la citada discriminación, textos que apuntan a sus orígenes, raíces, justificaciones, estructura, mecanismos de actuación, espacios sociales de incidencia, etc.) se habría percatado de que no tiene sentido abogar -como hace en el cierre de su artículo- por la "no humillación de la gente gorda", sin complejizar ni analizar antes la situación, sin politizar la exclusión, estigmatización, patologización y medicalización de su cuerpo, del mío, y de todos los cuerpos gordos. ¡Ojalá todo fuera tan fácil como decir “no humillemos a los gordos”! Pero la excusa de la salud (que él defiende) va de la mano con la humillación de la gente gorda (que él detracta), la primera posibilita la existencia de la segunda.

Lo cierto es que aquello que sostiene la gordofobia es histórico, sociocultural y mucho más profundo y complejo que esa frase simplona, insulsa y carente de responsabilidad que él espeta. Y lo digo desde el hartazgo, no desde el victimismo. Sostres apunta que soy débil por refugiarme en el victimismo y convertir mi problema en mi orgullo, en lugar de insistir en el esfuerzo por mejorar y lograr mis retos, según él, adelgazar. (No)Lamento decepcionarle en cuanto a mis retos personales, pero la verdad es que no está en mi lista de intereses bajar de peso ni renunciar al placer de la comida ahora mismo, y no me cabe la menor duda de que uno de los principales retos de mi vida ha sido construir colectivamente la fuerza interior necesaria que me permite levantarme todos los días de la cama y vivir en una sociedad que grita a pleno pulmón que es mejor estar muerta que ser gorda... que ser yo. 


Los dos armarios de Salvador Sostres 

Las personas gordas tenemos dos armarios en los que nos enconden y escondemos. Uno de ellos consiste en no autodenominarnos gordas, en huir de esta palabra, pues ser gordo/gorda/gorde es considerado un insulto en la sociedad gordófoba. El otro armario consiste en sentir vergüenza de ser quien eres, pues la sociedad gordófoba aplaude tus esfuerzos por modificar tu cuerpo y premia que desees hasta el día de tu muerte haber habitado otra piel. Sostres rompió su primer armario empezando su artículo con un “Yo soy un gordo”. Aplausos. Es un paso. Pero no fue capaz de romper el segundo armario, ese con el que la sociedad gordófoba nos convence de que este cuerpo que tenemos/somos es un tránsito, un cuerpo que nunca tendremos derecho a defender ni a amar, un cuerpo que nunca será respetado y por el que nunca tendremos derecho a exigir respeto. “Hay que templarse, esforzarse y simplemente dejar de estar gordo”, afirma Sostres, iluso y poco valiente, obediente a la autoridad moral gordófoba y a la vergüenza corporal impuesta. Esa moral que exige disciplina, autocontrol y mesura, pero a la que poco le importa la calidad de lo que come la gente gorda, los tiempos que tiene para comer la gente gorda, la familia de la gente gorda, los recursos económicos de la gente gorda, la cultura de la gente gorda, los deseos de la gente gorda, qué deportes gustan a la gente gorda, qué siente subida a la balanza la gente gorda, la historia de vida de la gente gorda, las emociones de la gente gorda, las alegrías y tristezas de la gente gorda, la salud mental de la gente gorda. A la moral gordófoba sólo le importa que la gente gorda deje de ser gorda COMO SEA, así muera intentándolo en la mesa de operaciones de un quirófano. 

A esta sociedad de moral gordófoba le importa un carajo la salud de la gente gorda. Nuestra salud sólo es la excusa tras la que esta sociedad esconde su asco y repugnancia por nosotros. Y para reconocer esto y hacerle frente, cari, sí que hay que ser valiente.